Cuando digo No, quiero decir Sí o todo lo contrario

hormonaLas hormonas son esa parte intangible del cuerpo, esa que no se ve, que no sabemos cómo es, qué color tiene, a qué huele.

Existen dos tipos de hormonas: las de la felicidad y las que te putean. De las primeras no es necesario hablar, todas sabemos que propician un estado de sonrisa absoluta, que en algunos casos puede confundirse con la idiotez; pero aparte de eso, no son dañinas.

Las segundas son las divertidas de verdad. Son esas que te provocan un estado de ánimo parecido al descenso de la montaña rusa,  el salto en puenting o directamente la tortura china. Les da por atacarte en el sofá de tu casa, en medio de una reunión de trabajo, o en los postres de una cena romántica; siempre a destiempo y sin previo aviso.  Y a partir del primer ataque todo lo que hasta el momento te parecía divertido, normal o incluso sin interés, puede volverse altamente importante. Qué digo importante, es primordial, cuestión de vida o muerte. Que un whatsapp no sea contestado cuando tiene el doble check, que una amiga salga a cenar con otra y nos enteremos de refilón, que nuestra pareja respire mientras nosotras somos hormonalmente atacadas: cualquier situación por más nimia que sea puede ser digna de la Guerra Hormonal.

En el momento del ataque y en la guerra que puede durar horas, e incluso dos o tres días, la víctima entra en un bucle sin fin, en el que se pierde el razonamiento objetivo, y la narración de los hechos es guionizada por ellas,  las hormonas, cuya misión es negativizar nuestro entorno y hacernos vivir como las protagonista de una telenovela venezolana.

Nuestra vida es aburrida, no hemos hecho nunca nada interesante (momento genial para compararte con alguien 10 años más joven que tú que ha tenido un éxito aplastante en el vida),  nadie es suficientemente bueno, todo el mundo lo hace todo mal, no tenemos amigos de verdad, nuestra familia es egoísta… (A todo esto nosotras somos un ejemplo de sacrificio y altruismo).

Estamos solas, solas con nuestras hormonas, y por un momento, por unas horas nos vencen. Y por mucho que nos digan, cuando estamos así, mejor que nos dejen solas para librar la batalla a dejar que alguien (pobrecito) entre en nuestro hormonado día.  Al final, lo bueno es saber que estamos en guerra, y que con los años vamos mejorando la estrategia para vencerlas, aprendemos cada vez más a conocerlas y a llevarlo con la mayor dignidad posible, que no es poco.

Y lo peor: que alguien nos recuerde que estamos bajo los efectos de las hormonas, sobre todo si ese alguien tiene una Y en su código genético.

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