El Nirvana no fue sólo cosa de Kurt Cobain

Hay quieRELAX TIOn paga cantidades infames por aprender técnicas de relajación. Algunas mujeres practicamos yoga a 40ºC, otras meditamos como Buda por una cantidad escandalosa de dinero,  otras cuantas nos dejamos el sueldo y masajear el cuerpo por esos minutos en los que con un poco de suerte, podemos conseguir no pensar  en niños, quehaceres domésticos, trabajo o tontadas varias.  Incluso, cuando el dinero es un problema, hemos aprendido que un baño de agua caliente con una copa, es infalible. La espuma,  velas o música son atrezzo superfluo, incluso innecesario: lo realmente relajante es mantener bien cerrada la puerta. Y por supuesto dejar que la mente fluya siempre en blanco, que por lo visto es el color del no pensar.

En cambio, hay quienes practican este arte desde el seno materno y no necesitan de estudios,  ejercicios complicados, dinero para gastar o baños interminables. Estos gurús de la relajación son conocidos con el nombre de Hombres, Varones al otro lado del Atlántico.  Vaya por delante que no soy sospechosa de machista, ni tampoco de feminista, pero la comprobación empírica pasados los años, amistades, parejas de amigas y  parejas  propias, incluso en individuos de diferentes nacionalidades, me capacita para analizar esta parte de la población como si de un fotógrafo de la National Geographic se tratara.

Un hombre se relaja en el minuto dos en cualquier relación: Cuando en el minuto dos tras nacer se da cuenta de que su madre siempre está ahí, teta en mano, brazos abiertos.  Cuando en el minuto dos después de entrar en el cole,  sabe que el que manda es el tiene el balón. O en el minuto dos tras acceder a un trabajo, después de que le definan bien sus funciones. O cuando tienen una bronca con un amigo, y en el minuto dos ven que no tienen nada que hacer. Observan, aplican su lógica infalible y tras dos minutos, relajación.

En la parte que nos afecta como pareja, existen también evidencias de relajación máxima en el final de la fase del cortejo, también conocido como Baile de la Avutarda, por ser igualmente predecible en el pájaro que en el Hombre u otros seres vivos machos.

Sucede dos minutos después de darse cuenta de que estás interesada-te hace gracia-te gusta-quieres estar con él. No conozco ninguna excepción. Tras días, incluso meses de súplica, de mensajitos, de cenas caras pagadas por él, de abrirte la puerta del coche, o del bar para pasar tras de tí, de enviarte whatsapps con corazoncitos, frases, poemas o halagos, de sorprenderte con algún  acto romántico-patético digno de Hugh Grant, de poner me gusta en todas tus fotos,  llega un día en que su cerebro, extenuado,  pone el contador a cero mientras  se oye un eco de 120 segundos de tic tac.

En el tic tac 121 llega el Nirvana.

Nunca más, repito, nunca más, volverá al estadio inicial. Tras esos dos minutos, su relajación es máxima, absoluta, pura. La mente queda tan en blanco que hasta Oxi Action White le haría una ola: respeto máximo.

Ya los whatsapps con corazoncitos los enviamos, si eso, antes de dormir. Lo de las cenas, mejor en casa, que es una pasta. Ella es tan independiente que no necesita ni quiere que se le haga mucho caso. Y  se nota que está loca por mí. Coladita.

Y así son estos  Gurús de la relajación, del no pensar más allá y de darlo todo por sentado. Por favor, desde aquí imploro una master class.

O que alguien me regale una Avutarda.

Excursión a la playa, o la agónica muerte de una dominguera

5d9b4e687e2f3aaa3e5801e7e03a2be5En la norma número uno de la Ley del Postureo está escrito a fuego el lema “Antes morir que admitir”. Y en el admitir entra todo: admitir que estás en baja forma, que no sabes cocinar tai, que te olvidas de la merienda de tus hijos, que el pecho se cae, que la película más indie del mundo es un tostón, que a veces no juegas con tus hijos a la Oca porque te ganan,  y que no cuelgas las obras de tu amigo artista en tu casa no por la pasta, sinó porque son horribles.

Admitir que una ya no es lo que era, cuesta. Lo mismo que la fama, que también costaba un montón.  Un ejemplo de ello es cuando decides ir a la playa, que cerca de los cuarenta deja de ser una afición, para convertirse en un acto heroico merecedor de condecoración militar.  Sobre todo si tenemos novios, amigos, o conocidos que nos proponen ir a una playa perdida entre el infinito y el +1.

Nos enseñan las fotos para convencernos de que es una playa espectacular, de agua  cristalina, sin gente, sin niños: el sol, la arena  y el cielo. Y tú, siguiendo el lema de no admisión te ilusionas con la idea de caminar y caminar hasta llegar a ese agua y nadar en soledad. Tu, que coges el coche para ir a comprar el pan.

Os montáis en el coche. Ponéis música. Y después de un desvío llegáis a un camino en el que empiezan a cruzarse cabras. Y a nuestra edad ya hemos aprendido algo trascendental: las cabras no habitan en la llanura. Divisas bosque y un camino entre montañas. Y sigues viendo cabras. Y luego un bache. Joder cuántas cabras.  Y otro bache. Y doscientos más. Este camino augura un suplicio y una visita al taller mecánico, pero no vamos a admitirlo.  “Qué bonito”, dices un minuto antes de perderos y de no saber si todavía estáis aquí o habéis entrado en la Selva Negra. Y el romanticismo del bosque y las cabras da paso a Googlemaps. Mierda, no hay cobertura 3G.

Después de aparcar comienza el Vía crucis, atravesando la maleza llegas a una pendiente que la misma Pasabán rehusó hacer por peligrosa. Oyes a los pajaritos, a las gaviotas y a tu corazón, que está a punto de salirse por tu boca. No lo admitirás, pero empiezas a pensar que las havaianas no son el calzado más apropiado para el alpinismo extremo.

Cuando ya estás llegando al final y ves el agua pura- y -cristalina, mientras tu vestido, tus chanclas y tú vais saltando por las rocas del acantilado con una cesta enorme colgando en el brazo derecho y con las cabras siguiéndote de cerca, te concentras en un solo pensamiento “dignidad, dignidad, dignidad”.

Finalmente, después de dos horas cuarenta minutos de suplicio, siempre con tu mejor sonrisa en la boca y un rojo pasión en los hombros porque has olvidado ponerte la crema protectora, llegas a la arena. Dan ganas de besarla, como hacen los Papas, pero te contienes. Dignidad, dignidad, dignidad.

Espectacular, precioso. Bonito. Idílico. Dirías que es un paraíso hasta que te das cuenta de que los del barco que ha fondeado a cinco metros de la orilla están de fiesta y empiezan a repartirse mojitos a ritmo de reggaetón y Enrique Iglesias. Por suerte, los mojitos se acaban pronto y la música también.

Cuando todo vuelve a estar en silencio, te levantas y te vas al agua pura- y- cristalina. Piensas que lo peor que te puede pasar es que te pique una medusa y después encima tengas que encaramarte por las piedras y la pendiente de 75 grados con las chanclas, una herida en la pierna  y la cesta de doscientos kilos en el brazo. Pero hoy es tu día de suerte, y saldrás airosa de tu baño.

Pasan unas horas y decidís volver. Dignidad. Dignidad. Dignidad. Te arrastras por la pendiente cual gusano moribundo, mientras te cruzas con deportistas que además de pasar a tu lado como un rayo, miran con compasión tus havaianas. Te concentras en contar los pasos para que la tortura sea menor. Divisas al fin el coche.

Llegas a casa reventada, y utilizas tu último hálito vital para decir mientras te tiras en picado al sofá. “Me ha encantado, me siento genial después de hacer una excursión”.

Mañana no podrás mover ni las pestañas, pero no lo admitirás.