Excursión a la playa, o la agónica muerte de una dominguera

5d9b4e687e2f3aaa3e5801e7e03a2be5En la norma número uno de la Ley del Postureo está escrito a fuego el lema “Antes morir que admitir”. Y en el admitir entra todo: admitir que estás en baja forma, que no sabes cocinar tai, que te olvidas de la merienda de tus hijos, que el pecho se cae, que la película más indie del mundo es un tostón, que a veces no juegas con tus hijos a la Oca porque te ganan,  y que no cuelgas las obras de tu amigo artista en tu casa no por la pasta, sinó porque son horribles.

Admitir que una ya no es lo que era, cuesta. Lo mismo que la fama, que también costaba un montón.  Un ejemplo de ello es cuando decides ir a la playa, que cerca de los cuarenta deja de ser una afición, para convertirse en un acto heroico merecedor de condecoración militar.  Sobre todo si tenemos novios, amigos, o conocidos que nos proponen ir a una playa perdida entre el infinito y el +1.

Nos enseñan las fotos para convencernos de que es una playa espectacular, de agua  cristalina, sin gente, sin niños: el sol, la arena  y el cielo. Y tú, siguiendo el lema de no admisión te ilusionas con la idea de caminar y caminar hasta llegar a ese agua y nadar en soledad. Tu, que coges el coche para ir a comprar el pan.

Os montáis en el coche. Ponéis música. Y después de un desvío llegáis a un camino en el que empiezan a cruzarse cabras. Y a nuestra edad ya hemos aprendido algo trascendental: las cabras no habitan en la llanura. Divisas bosque y un camino entre montañas. Y sigues viendo cabras. Y luego un bache. Joder cuántas cabras.  Y otro bache. Y doscientos más. Este camino augura un suplicio y una visita al taller mecánico, pero no vamos a admitirlo.  “Qué bonito”, dices un minuto antes de perderos y de no saber si todavía estáis aquí o habéis entrado en la Selva Negra. Y el romanticismo del bosque y las cabras da paso a Googlemaps. Mierda, no hay cobertura 3G.

Después de aparcar comienza el Vía crucis, atravesando la maleza llegas a una pendiente que la misma Pasabán rehusó hacer por peligrosa. Oyes a los pajaritos, a las gaviotas y a tu corazón, que está a punto de salirse por tu boca. No lo admitirás, pero empiezas a pensar que las havaianas no son el calzado más apropiado para el alpinismo extremo.

Cuando ya estás llegando al final y ves el agua pura- y -cristalina, mientras tu vestido, tus chanclas y tú vais saltando por las rocas del acantilado con una cesta enorme colgando en el brazo derecho y con las cabras siguiéndote de cerca, te concentras en un solo pensamiento “dignidad, dignidad, dignidad”.

Finalmente, después de dos horas cuarenta minutos de suplicio, siempre con tu mejor sonrisa en la boca y un rojo pasión en los hombros porque has olvidado ponerte la crema protectora, llegas a la arena. Dan ganas de besarla, como hacen los Papas, pero te contienes. Dignidad, dignidad, dignidad.

Espectacular, precioso. Bonito. Idílico. Dirías que es un paraíso hasta que te das cuenta de que los del barco que ha fondeado a cinco metros de la orilla están de fiesta y empiezan a repartirse mojitos a ritmo de reggaetón y Enrique Iglesias. Por suerte, los mojitos se acaban pronto y la música también.

Cuando todo vuelve a estar en silencio, te levantas y te vas al agua pura- y- cristalina. Piensas que lo peor que te puede pasar es que te pique una medusa y después encima tengas que encaramarte por las piedras y la pendiente de 75 grados con las chanclas, una herida en la pierna  y la cesta de doscientos kilos en el brazo. Pero hoy es tu día de suerte, y saldrás airosa de tu baño.

Pasan unas horas y decidís volver. Dignidad. Dignidad. Dignidad. Te arrastras por la pendiente cual gusano moribundo, mientras te cruzas con deportistas que además de pasar a tu lado como un rayo, miran con compasión tus havaianas. Te concentras en contar los pasos para que la tortura sea menor. Divisas al fin el coche.

Llegas a casa reventada, y utilizas tu último hálito vital para decir mientras te tiras en picado al sofá. “Me ha encantado, me siento genial después de hacer una excursión”.

Mañana no podrás mover ni las pestañas, pero no lo admitirás.

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Eres una MILF?

milf2Ser MILF (Mother I Like to Fuck), además de lo que diga wikipedia, esencialmente significa dos cosas:

– que somos madres.

– que el mercado masculino es una fuente inagotable de reclutas. A los tíos les da igual si tenemos 20, 30, 40, 60 años o cien hijos. La importancia reside en las letras ILF.

Además, es indispensable ser  Madre y Mujer Orquesta en el sentido más intelecto-sensual de la palabra: físico aceptable, ropa juvenil sin pasarse (nunca combinar camiseta corta con  leggins a no ser que estemos operadas),  mínimo síntoma de actividad cerebral, actitud desenfadada ante la vida y las cañas, pero sobre todo una autoestima fuera de lo normal, no olvidemos que por muy MILF que seamos, no somos comparables a las veinte y treintañeras que pueden lucir microshorts. Y lo sabemos.

La subcategoría de las MILF son las MILF sin pareja. Serlo es una ventaja actualmente. Aunque estar separada con descendencia  en algún momento fue un hándicap para ligar, si nos encontramos en esta categoría aparece un mercado hombril muchísimo más amplio que cuando eres más joven y no eres madre. Primero, porque se presupone que ya el tic tac biológico acabó, por lo que todos los Peter Panes del mundo pueden acercarse sin miedo  a madurar y caer en los biberones y potitos. Por otro, como ya tenemos hijos, somos un atractivo nada despreciable para todos los divorciados del mundo que se están arruinando pasando pensiones alimenticias. Ellos saben que por muy mal que vayan las cosas con nosotras, nunca se arruinarán más de lo que están. Y sumado a todo, están todos los hombres de entre 25 al infinito que tengan o no tengan hijos, buscan pareja. Un abanico que abarca unos 360 grados, y un poco más si una no es muy escrupulosa.

Así que si eres una MILF y estás leyendo esto, alégrate. Pocas veces ser madre madurita había tenido tantas ventajas.

Muerte a las superwoman

muerte super

El mundo está empeñado en contarnos que la belleza está en el interior, en nuestra personalidad, y que no importa cómo sea nuestro agraciado o desgraciado físico. Triunfaremos si somos mujeres buenas personas, brillantes e inteligentes. Todo mentira.

Me dan ganas de pegar a alguien cada vez que oigo que la belleza está en el interior mientras nos ponemos rímel y nos pintamos los labios en los baños de un bar. O eso, o pedir hora rápidamente a la pelu, este espejo me hace raíces en el pelo.

La perfección no existe. Claro que no existe, por eso nos dejamos medio sueldo en potingues, en ropa, complementos y gimnasio. Si existiera seríamos ricas con todo lo que nos ahorraríamos. Como no hemos nacido para desfilar como ángel de Victoria’s Secret, nos limitamos a intentar emular ser unas tías físicamente aceptables, mientras además estudiamos para ser intelectualmente solventes y tener un buen trabajo en el que sentirnos realizadas. Ardua labor, y muy sacrificada.

A mi alrededor veo compatriotas en la pelu haciéndose mechas, en la farmacia comprando cremas antiarrugas, en el dentista blanqueándose los dientes. Machacándose en el gimnasio, depilándose con laser las ingles, enchufándose bótox, haciéndose masajes, quitándose lunares, poniéndose tetas, quitándose culo. Que nadie se equivoque, no son un tipo específico de mujer. Somos las mismas mujeres que vamos a la universidad, a trabajar, al parque con nuestra prole, a reuniones interminables de trabajo, vamos de cañas y ponemos lavadoras mientras hacemos la cena e intentamos organizar la compra del día siguiente. Dieta, gimnasio, pintalabios, faja, tacones, informes, estudios, números, presentaciones, reuniones.

Y de repente un día estamos contracturadas, de mal humor, cansadas. Pero seguimos adelante, empeñadas en ser mejores, en tener el cuerpo de la Bündchen y la mente de Maryam Mirzakhan, que ahora que lo pienso, no sabemos quién es porque, esta es otra, las mujeres más famosas son las guapas. Qué importa si tienes el premio al mejor matemático, la pregunta es qué te vas a poner el día que lo recibes.